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Sobre tierra plana |
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De varios autores
Mauricio D. Aguilera Linde
Esteban José Alves
Ana de la Cámara
Pablo Fidalgo Lareo
María Folguera
Celso Giménez Zamora
Alejandro Ingrisano
Marisa Morata Hurtado
Rosy Paláu
Juan Soto Ivars
Irene Tamayo
Prólogo de Javier Reverte
LITERATURA EN LA MALETA
Hay una pregunta que siempre ronda el mundo de la literatura: ¿por qué se escribe? Y a menudo
asoman las encuestas entre escritores, planteadas por revistas o suplementos especializados, cuyo
objetivo es tratar de descubrir la respuesta feliz a esa pregunta. No la hay. O al menos no existe una
contestación que despierte la unanimidad y sea capaz de resumir el pensamiento de todos los que se
dedican al oficio de narrar historias o juntar palabras en un verso o representar como farsa los
escenarios de la existencia.
Pero yo creo que, en el fondo, a todos aquellos que escriben les acomete un mismo empeño en
el impulso creativo: tratar de explicarse el mundo y la vida, e intentar, a través de esa suerte
de catarsis, comunicárselo a los otros. Si me apuran, incluso pienso que ahí radica el empeño
de cualquier arte, sean la pintura o la cinematografía, la poesía o el teatro.
La filosofía y la ciencia no nos bastan para explicarnos cuanto sucede. Una y otra han cambiado
sus hipótesis y sus conclusiones tan a menudo que hemos llegado a desconfiar en cierta medida
de su valor. Y nos abruma un poco su tendencia a lo absoluto. En cambio, el arte no pretende
dar la respuesta global a nada, aunque en sus orígenes exista un empeño liberador. El artista, y
más aún el artista contemporáneo, únicamente trata de exponer su perplejidad ante los ojos de
los otros, en un intento para dar sentido al caos que le rodea. Sabe además que ese esfuerzo está
condenado al fracaso y ahí reside su valor esencial. Como dice Claudio Magris, se trata de alcanzar
el Jordán, como Moisés, consciente de que nunca se logrará.
No hay nada que se parezca tanto al proceso creativo como viajar. Y no me refiero al viaje con
billete de vuelta en el bolsillo y programa cerrado de visitas a museos y parques naturales. Hablo
del proceso de irse, de la aventura de echarse una bolsa al hombro, tomar un tren o un avión, y
aparecer en un lugar desconocido sin saber lo que va a suceder ni a quién puedes encontrar ni en dónde va a concluir la ruta.
Viajar no es llegar, sino ir; del mismo modo que escribir no es resolver, sino intentarlo.
Y ambas acciones, el viaje y creación, proponen un mismo objetivo: detener el tiempo.
«La exploración no es más que la expresión física de la pasión intelectual», decía el viajero polar
Cherry-Garrard. Valdría también decirlo al revés: la escritura no es más que la expresión intelectual
de la pasión física. Todo escritor sabe que, en la vida, no puede hacer otra cosa que no sea escribir.
Del mismo modo, todo buen viajero sabe, como decía Stevenson, que lo importante no es el
destino, sino el camino.
¿Pero se puede detener el tiempo? Ese, quizá, sea el propósito ideal de todo artista y, en particular,
de cualquier escritor. Se trata de intentar que la vida no se escape, que se quede quieta, que
apostemos por explicarla. El artista burla el tiempo y, a la larga, puede haber ganado la partida.
Él muere, pero su memoria es posible que alcance a durar siglos. El éxito es lograr que el mundo
gire alrededor de una obra impasible, majestuosa, firme y recia como las montañas viejas,
y a veces tan digna como los cauces secos de los ríos, las avenidas, wadis o torrenteras,
cuya cicatriz ha quedado grabada en la Tierra excavada a golpe de cuchillo.
¿Y el viaje? Pues sucede algo parecido. Cuando uno se larga con la mochila a la espalda y sin billete
de vuelta en el bolsillo, entre otras cosas está huyendo de la monotonía que propone cualquier vida
cotidiana. No hay nada que acorte más el tiempo que repetir las mismas ceremonias a diario.
Ha pasado un año y tienes la impresión de que tan sólo han transcurrido unas pocas semanas.
Cada vez se aproximan más entre sí los veranos y los días navideños. La vida construida sobre l
os hábitos vuela entre tus dedos y la melancolía te envuelve.
En cambio, todo viaje propone cada jornada algo nuevo, rostros desconocidos, voces que nunca
escuchaste, acontecimientos que no imaginabas. Ningún día es igual a otro y todos se llenan de
sucesos extraordinarios y diferentes. Y así, mientras te mueves, da la impresión de que estás
quieto. Han pasado dos o tres meses en el calendario, pero tú tienes la impresión de que has
vivido tres años.
Por eso, muchos libros tienen como corazón un viaje: La Odisea, La Divina Comedia,
El Quijote…, tantos, tantos. Y por eso, somos muchos los que viajamos para escribir.
Así que, llegados a este punto, creo que unir mi pluma a la de estos jóvenes narradores
-que llenan de historias las páginas de este libro- era un deber literario. Aquí, en los relatos
que siguen, palpita la pasión viajera, entre perplejidades y guiños de variada naturaleza.
¿Y no es al fin su empeño el mío propio: detener el tiempo en el papel cuando no encerrarlo
en la bolsa de viaje.
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© Javier Reverte. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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