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Si no fuera por el Tercio los cabezas rapadas
nos hubieran reducido a picón.
—Necesito algo fuerte —dice el Tercio riéndose—.
Aprende de mí, Manuel. Aprende de mí.
Se ríe con su boca oscura, orgulloso de sus
reflejos, de su astucia. La nariz roja se le pone
todavía más brillante mientras disuelve un poco
de pasta de dientes en alcohol de quemar. Bebe
y mueve la cabeza. Resopla, casi relincha, como
un caballo.
—Mucho tienes tú que aprender, que eres un
poco catetillo. ¿De dónde eres, Manuel?
No le contesto, yo no tengo historia. Yo soy de
aquí, de esta mañana, de este porche en el que
según don César hay un insoportable olor a orines,
de estos plásticos y estos cartones. Y no tiene
sentido ser de ningún otro lugar, ni de otro tiempo.
El Tercio sí. Él tiene toda una historia que
lleva escrita en su cuerpo y que lee de vez en
cuando, como los periódicos usados que deja don
César en la puerta de su vivienda, al lado de la
iglesia.
Tomo el vaso que me ofrece y bebo también.
Siento caer las ascuas en mi boca, en mi garganta,
atraviesan mi estómago como un berbiquí
incandescente. Lava. Pero hay que celebrar que
no seamos pavesas, y alzo mi copa de alcohol de
quemar y dentífrico con sabor a frutas del bosque.
El Tercio se levanta de sus tres colchones, y brinda
con tambaleante marcialidad:
—Por Francisco Franco Bahamonde, Caudillo
de España. Que Dios guarde en su gloria.
Y vuelve a beber otro trago, más largo que el
primero, pero ahora ya no relincha sino que se
seca la boca con el dorso de la mano y rasca las
cuerdas invisibles de una guitarra inexistente y
eléctrica, y vocifera en inglés.
—Rollin’ on the river.
Ríe y canta y se hace el coro a sí mismo como
si dentro de él rugiese un orfeón de negros y
negras con las voces rotas.
—Igual que el Cid, Manuel. Ha ganado una
batalla después de muerto.
Y se sube la manga de su camisa remangada
hasta el bíceps.
—Nos querían achicharrar, Manuel, pero aquí
estaba el Tercio... —se mira el brazo y añade—: y
el Caudillo.
Besa la punta de sus dedos y se lleva la mano
al dibujo que hay tatuado en su brazo. Baila el
Tercio y se le enredan los pies en las bolsas y los
cartones y a punto está de estrellarse contra el
suelo.
—People on the river are happy to give. Yeah.
Orgulloso se relame, asiente con la cabeza al
recordar las escenas de hace unos minutos y dice
como pensando en voz alta:
—Picón. ¡Qué hijos de puta! ¡Qué sabrán ellos
lo que es el fascismo! Querían reducirnos a picón.
¿Y has visto qué contentos se iban, Manuel? ¡Niñatos!
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© Alfonso Fernández Burgos. © Gens ediciones. Todos los derechos reservados.
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